Y muy contentos
con sus regalos, los niños regresaron a casa y
se pusieron a jugar en el patio con sus nuevos juguetes
mientras su madre, dentro de la casa, preparaba las linternas
para la fiesta de la noche.
Los dos hermanos mayores aprendieron pronto a sacar
un leve sonido a sus diábolos.
Tres fue el primero que se cansó de jugar,
después de descubrir que era capaz de asestarle
hasta diez puntapiés seguidos al corcho. Entonces
su padre y su tío se pusieron a jugar con el
corcho, y eran tan hábiles, que pronto consiguieron
(legar a contar cien tantos cada uno.
De pronto oyeron un grito de alegría del pequeño
Tres, y sorprendidos dejaron que el corcho revolotease
por el aire, hasta que cayó a tierra. Y también
Uno y Dos dejaron sus diábolos y corrieron a
ver lo que sucedía.
-¡Venid pronto! -gritaba Tres-. Madre ya tiene
terminada la linterna de este año. ¡Oh! ¡Es
maravillosa! No he visto otra igual.
Sobre la mesa vieron, en efecto, una linterna magnífica.
Figuraba un dragón azul, de metro y medio de
longitud, y a cada lado de la cabeza llevaba unas patillas
verdes muy rizadas. La cola era blanca y parecía
tan real, que Dos tuvo que tocarla para asegurarse
que era de papel.
Su mamá les explicó:
-Aquí, en la boca, colocaremos la vela encendida.
El cuerpo es hueco para que el resplandor de la vela
llegue hasta la cola y lo ilumine por entero. ¿Véis
este farolillo? También le pondremos una vela
encendida.
-¿Quién llevará el farolillo,
madre? -preguntó Uno.
-Lo llevarás tú ! Uno, porque eres el
mayor -dijo la madre-. Ya ves que al dragón
le gusta la luz y el calor del sol, así que
el farolillo será el sol del dragón de
papel.
Y- colocando el farolillo en un bastoncito se lo entregó a
Uno. |