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Mi Hogar /Mis Pequeños /LOS HERMANOS...

Los hermanos Uno, Dos y Tres
 

Eran una vez tres hermanitos chinos que se llamaban Uno, Dos y Tres. Cuando los veían juntos, la gente preguntaba si todos eran de una misma edad.

La madre contestaba sonriendo:

-¡No, no, de ningún modo! Tienen once, diez y nueve años. Por eso les llamamos Uno, Dos y Tres.

La víspera de Año Nuevo, que en China es la fiesta más bonita, los niños se fueron a acostar, preguntándose qué sorpresa recibirían al día siguiente.

-El mejor regalo serían unas linternas tan bonitas como las del año pasado, que parecían ramitas verdes -dijo Uno.

-Yo preferiría que tuvieran la forma de un conejo -dijo Dos-, igual que las que nos regalaron hace dos años.
 

Y el pequeño Tres, dijo:

- Pues yo no quiero que se parezcan a las que ya hemos tenido. Deseo algo nuevo, algo que sea una verdadera sorpresa.

A la mañana siguiente llegó el tío de los niños, y después del desayuno, el y el papá de los niños les llevaron a un bazar de jugue tes y el tío dijo a los niños que cada uno podía elegir el juguete que más le gustase.

Había tantos juguetes y tan bonitos, que los niños no sabían por cuál decidirse. Finalmente llegaron ante un vendedor que hacía girar unos diábolos de bambú, hasta conseguir subirlos por uno de los palos. ¡Bing, bing, bing! se oía, mientras giraban rápidamente.

-¡Yo quiero uno! -dijo de pronto Uno.

-Y yo también! -dijo Dos, pues había decidido que aquel juguete era el que más le gustaba.

Tres no dijo nada pues no estaba seguro de si sabría hacerlo girar, por lo que siguieron paseando hasta que Tres encontró algo que le gustó de verdad.
 

Tres no dijo nada pues no estaba seguro de si sabría hacerlo girar, por lo que siguieron paseando hasta que Tres encontró algo que le gustó de verdad.

Era un corcho adornado con dos plumas rojas y una negra, que tenía un plomito en la base. Para jugar con él había que darle con el pie tantas veces como se pudiera, para conseguir mantenerlo en el aire sin que cayese al suelo.

 

Y muy contentos con sus regalos, los niños regresaron a casa y se pusieron a jugar en el patio con sus nuevos juguetes mientras su madre, dentro de la casa, preparaba las linternas para la fiesta de la noche.

Los dos hermanos mayores aprendieron pronto a sacar un leve sonido a sus diábolos.

Tres fue el primero que se cansó de jugar, después de descubrir que era capaz de asestarle hasta diez puntapiés seguidos al corcho. Entonces su padre y su tío se pusieron a jugar con el corcho, y eran tan hábiles, que pronto consiguieron (legar a contar cien tantos cada uno.

De pronto oyeron un grito de alegría del pequeño Tres, y sorprendidos dejaron que el corcho revolotease por el aire, hasta que cayó a tierra. Y también Uno y Dos dejaron sus diábolos y corrieron a ver lo que sucedía.

-¡Venid pronto! -gritaba Tres-. Madre ya tiene terminada la linterna de este año. ¡Oh! ¡Es maravillosa! No he visto otra igual.

Sobre la mesa vieron, en efecto, una linterna magnífica. Figuraba un dragón azul, de metro y medio de longitud, y a cada lado de la cabeza llevaba unas patillas verdes muy rizadas. La cola era blanca y parecía tan real, que Dos tuvo que tocarla para asegurarse que era de papel.

Su mamá les explicó:

-Aquí, en la boca, colocaremos la vela encendida. El cuerpo es hueco para que el resplandor de la vela llegue hasta la cola y lo ilumine por entero. ¿Véis este farolillo? También le pondremos una vela encendida.

-¿Quién llevará el farolillo, madre? -preguntó Uno.

-Lo llevarás tú ! Uno, porque eres el mayor -dijo la madre-. Ya ves que al dragón le gusta la luz y el calor del sol, así que el farolillo será el sol del dragón de papel.

Y- colocando el farolillo en un bastoncito se lo entregó a Uno.
 

Después la madre puso otro bastoncillo atado a la cabeza del dragón y se lo entregó a Dos y colocando después un tercer bas toncillo en la cola se lo entregó a Tres.

Cuando los niños salieron a la calle para el desfile, se sintieron muy felices porque nadie llevaba unas linternas tan bonitas como las suyas.
 

 
 
 
 
 
 
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